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24th

Las ZBE y el comercio

  
Archivado bajo Actualidad, Piedras, Politica | Publicado por Celedonio Sepúlveda


Vivimos tiempos en los que la ciudad, que debería ser un espacio de encuentro, libertad, se ha convertido en un laberinto tejido por decisiones que rara vez toman en cuenta las necesidades cotidianas de quienes la habitan. Las Zonas de Bajas Emisiones, concebidas originalmente como herramientas para mejorar la salud pública y reducir la contaminación en entornos especialmente castigados por décadas de especulación urbanística, han terminado aplicándose, sin reflexión y sin valores, como parches sobre un tejido urbano que ha ido creciendo enfermo.

Durante años, buena parte del crecimiento de nuestras ciudades se guio más por la rentabilidad inmediata que por la sensatez del diseño. Se levantaron muros invisibles entre barrios, se estrecharon flujos, se sacrificaron ventilaciones naturales, se levantaron manzanas cerradas que atrapaban el aire sucio del mismo que algunos se hacían millonarios. Y ahora, todos esos errores, las administraciones pretenden imputarlos al ciudadano, mediante prohibiciones, arruinando la manera en que las personas se relacionan con la ciudad y con su comercio.

El caso de Madrid es paradigmático: una ciudad que, por su tamaño y estructura, debería poder cruzarse con fluidez, se ha convertido en un territorio segmentado donde atravesarla es literalmente imposible, has de pagar 200 euros. Granada, con su casco histórico delicado y complejo, vive tensiones similares. Y así ocurre en muchos otros núcleos del país. La sensación, para miles de ciudadanos, es la de estar siendo empujados hacia los márgenes, como si la ciudad se cerrara sobre sí misma para aquellas capas más solventes.

No se trata de negar la necesidad de mejorar la calidad del aire. Nadie cuestiona que respirar debería ser un acto seguro en cualquier calle, a cualquier hora. Pero resulta difícil aceptar que quienes pagan las consecuencias de la mala planificación de ayer sean precisamente quienes hoy necesitan moverse, trabajar, visitar a sus familiares o simplemente atravesar su propia ciudad. Lo que duele no es solo la medida, sino la falta de coherencia: décadas de errores estructurales justifican ahora restricciones que no son nada eficientes ni dignas.

Quizá la mayor frustración no proviene del cierre de calles, sino del cierre del diálogo. De la ausencia de un mensaje claro, honesto y completo. Sin explicar cómo se piensa garantizar la movilidad de todos, sin ofrecer soluciones que realmente equilibren bienestar, medio ambiente y justicia social.

¿En qué tiempos vivimos? En tiempos en los que las palabras se multiplican pero los mensajes se diluyen; en los que las decisiones se justifican con grandes conceptos, pero se aplican sobre realidades pequeñas, que son nuestras y afectan profundamente en nuestras vidas. Tal vez lo que falta es una visión de ciudad que incluya a todos, que respire con todos y que no confunda protección con exclusión.

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