Ene
18th

Agotamiento político

  
Archivado bajo Actualidad | Publicado por Celedonio Sepúlveda


Me agota profundamente observar, día tras día, cómo las luchas contra los abusos de poder, por la defensa de nuestros derechos más básicos y, sobre todo, por la preservación de nuestra libertad, se convierten en un esfuerzo constante y casi heroico frente a unas administraciones que, paradójicamente, nosotros mismos elegimos y financiamos. Instituciones que deberían existir para servir al ciudadano terminan actuando en sentido contrario: generándonos obstáculos innecesarios, multiplicando la burocracia hasta lo absurdo, vaciando nuestros bolsillos a través de impuestos mal gestionados y tomando decisiones que perjudican directamente a quienes sostienen el sistema con su trabajo y sus votos.

Estas son, tristemente, las políticas y los políticos de nuestro tiempo. Y la pregunta es inevitable: ¿Cómo entender algo así? La respuesta parece sencilla y, a la vez, desesperante: no se entiende. Vivimos en un mundo al revés, donde lo lógico se vuelve excepcional y lo absurdo se normaliza. Es la tontería institucionalizada, la estupidez convertida en discurso, y el discurso materializado en figuras políticas que encarnan una contradicción grotesca: vagos e inútiles revestidos de títulos, ilustradísimos ignorantes que hablan mucho y entienden poco, expertos en retórica pero incompetentes en gestión.

Lo más desconcertante es observar cómo organizaciones, asociaciones y colectivos ciudadanos terminan luchando contra sus propios gestores, como si fuera natural combatir a quienes supuestamente deberían representarnos. Cuando en realidad la solución debería ser mucho más simple: prescindir de ellos y elegir a otros. Cambiar el tipo de contrato simbólico que firmamos cada cuatro años con nuestro voto. Porque eso es exactamente lo que es: un contrato de confianza que debería incluir una cláusula básica e inviolable: no gobernar en contra de los intereses de quienes te han elegido.

Entonces surge otra pregunta aún más incómoda: ¿Qué clase de entendederas hay que tener para no comprender algo tan elemental? ¿Cómo se puede fallar de manera tan sistemática en lo esencial? Y, peor aún, ¿por qué ese empeño constante en tratarnos como imbéciles para justificar sus errores? Ese esfuerzo deliberado por rebajar el nivel del debate público, por manipular el lenguaje, por distorsionar la realidad hasta adaptarla a su incompetencia. Como si la única forma de sostener su relato fuera empujarnos a su mismo terreno: el de la confusión, la mediocridad y el desprecio por la inteligencia colectiva.

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