Nov
24th

La muerte

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La muerte no llega de golpe. Se insinúa, se desliza entre los días, se esconde en los gestos más simples. La sentimos cuando alguien parte, cuando algo termina, cuando el silencio pesa más que las palabras. Pero fingimos no verla, porque verla sería aceptar que todo lo que amamos tiene un límite.

Ella no necesita mentiras, y sin embargo las inventa. Nos deja creer que todavía hay tiempo, que el mañana existe, que su sombra pasa de largo. Nos permite jugar con la ilusión de la permanencia, porque sabe que solo así nos atrevemos a vivir.

La muerte es astuta y paciente. Su engaño no nace del deseo de vencer, sino de la compasión. Nos protege del abismo de la conciencia total. Si se mostrara de frente, el miedo nos inmovilizaría, y la vida perdería su ritmo. Por eso se oculta en lo cotidiano, se disfraza de olvido, de costumbre, de esperanza.

Y mientras la ignoramos, creamos, amamos, soñamos. Ella espera, impasible, sabiendo que no hay prisa, porque todo camino conduce hacia su encuentro. Su victoria no está en arrebatarnos la vida, sino en acompañarnos sin que lo notemos.

Al final, cuando la reconocemos, no descubrimos algo nuevo, sino algo que siempre estuvo con nosotros. Comprendemos entonces que la muerte no llega; simplemente deja de ocultarse.

Nov
24th

Ayuntamientos títeres y ZBE

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El ayuntamiento, entendido como la institución política más cercana a la ciudadanía, tradicionalmente ha sido percibido como el órgano que mejor representa las necesidades, prioridades y aspiraciones de la población local. Sin embargo, en las últimas décadas esta representación efectiva se ha ido debilitando. Cada vez es más evidente que el consistorio ya no actúa exclusivamente en base a los deseos o intereses directos de los vecinos que eligen democráticamente al alcalde y al resto de responsables municipales. La capacidad real de decisión del gobierno local se ve condicionada por factores externos que limitan su autonomía política y financiera y distorsiona sus verdaderas funciones.

Uno de los elementos que más influye en esta pérdida de soberanía municipal es la creciente dependencia de fondos externos, provenientes tanto de instituciones europeas como de organismos supramunicipales (diputaciones, gobiernos regionales, entidades estatales o incluso agencias internacionales). Estos recursos económicos se han convertido en una parte imprescindible para la ejecución de la mayoría de proyectos públicos, desde infraestructuras urbanas y programas sociales hasta iniciativas de innovación, digitalización o sostenibilidad. En muchos casos, sin estos fondos externos, los ayuntamientos carecerían de la capacidad presupuestaria necesaria para emprender actuaciones de envergadura.

No obstante, esta dependencia conlleva un coste: la condicionalidad y el sometimiento. Los fondos externos suelen estar vinculados a líneas estratégicas previamente definidas por instituciones superiores, lo que implica que el municipio debe adaptar sus políticas y proyectos a criterios y prioridades que no siempre coinciden con las necesidades reales de la ciudadanía local. En la práctica, esto significa que el ayuntamiento se ve, en cierto modo, coaccionado a implementar políticas diseñadas o impulsadas desde fuera del territorio, limitando así su capacidad para responder de manera flexible y directa a las demandas de la comunidad que representa, dejando al alcalde como un simple títere.

Como consecuencia, la autonomía municipal —principio fundamental en la gobernanza democrática local— se ve progresivamente erosionada. La libertad de decisión se reduce, y los gobiernos locales acaban actuando más como gestores de programas externos que como agentes políticos capaces de definir un proyecto propio de ciudad. Este fenómeno favorece la uniformidad de las políticas públicas, pues múltiples municipios terminan aplicando similares estrategias dictadas por marcos normativos y financieros homogéneos, esto se viene observando desde principio del milenio, con badenes, rotondas y otras actuaciones que nadie había pedido. A su vez, se refuerza una lógica de obediencia institucional en la que las entidades locales deben alinearse con objetivos supranacionales o regionales para garantizar su acceso a recursos indispensables, un verdadero chantaje encubierto.

En resumen, la creciente dependencia de los ayuntamientos respecto a fondos europeos o supramunicipales genera una tensión significativa entre las expectativas democráticas de la ciudadanía y la capacidad real de acción del gobierno local. Si bien estos fondos aportan financiación necesaria para el desarrollo municipal, también condicionan la agenda política y limitan la libertad de decisión de los gobiernos locales, planteando un desafío profundo para la autonomía municipal y la calidad democrática a nivel local y por tanto a nivel general de país. Se ha de recuperar la autonomía municipal y eso solo depende de la actitud de los alcaldes y sus órganos de representación como la FEMP.

Nov
24th

Sentido común

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Vivimos en una sociedad donde, de manera permanente, debemos luchar por preservar el sentido común y la cordura colectiva. En un contexto marcado por la complejidad y la incertidumbre, parecería lógico que las instituciones públicas y los representantes políticos actuaran como guías orientadoras, capaces de aportar estabilidad y soluciones. Sin embargo, con frecuencia ocurre lo contrario: muchos actores institucionales parecen empeñados en remar a contracorriente, generando dinámicas que no solo no resuelven los problemas existentes, sino que a menudo los amplifican.

Esta disfuncionalidad institucional se hace evidente cuando observamos la proliferación constante de normativas, regulaciones y marcos legales que afectan a prácticamente todos los ámbitos de la vida social. Lejos de aportar claridad, esta saturación normativa tiende a producir un efecto de asfixia que dificulta el desarrollo personal, económico y comunitario. La complejidad excesiva de leyes y regulaciones termina por alejar a la ciudadanía del propio sistema político, pues muchos perciben que las reglas del juego son incomprensibles, cambiantes o desproporcionadas.

Además, la sobreproducción legislativa se convierte en un síntoma de un Estado que intenta responder a cualquier desafío con nuevas normas, en lugar de evaluar y mejorar la eficacia de las ya existentes. Esto provoca un desgaste institucional y social que incrementa la burocracia, alimenta la desconfianza ciudadana y vuelve más lento el funcionamiento de la administración pública. En última instancia, el ciudadano se ve obligado a navegar en un terreno donde las reglas mutan constantemente, generando un sentimiento de agotamiento y frustración generalizada.

Es necesario reflexionar sobre la necesidad de repensar el papel del Estado y de sus instituciones: ¿cómo fomentar un marco jurídico más claro y amigable? ¿Cómo recuperar la legitimidad perdida y reconstruir la relación entre ciudadanía e instituciones? Solo a partir de preguntas así, podremos aspirar a una sociedad en la que el sentido común y la convivencia democrática no sean una lucha diaria, sino una tarea compartida.

Nov
24th

Política generacional

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No estamos, como a veces lo percibimos de forma directa, ante una lucha entre libertades y opresión, ni ante un enfrentamiento solo entre un capitalismo tirano y esclavos. La dinámica que se percibe en la sociedad contemporánea responde, según mi opinión, a un conflicto generacional profundo, en el cual distintas visiones del mundo, de la política y del papel del individuo chocan entre sí. Cada generación interpreta la realidad desde su propia experiencia histórica, y esa diferencia en la manera de comprender los procesos sociales y la realidad se convierten en el eje principal de la tensión actual.

La generación que hoy accede a posiciones de influencia —en la política, en la cultura, en las instituciones y en sectores clave de la economía— es frecuentemente percibida como una generación acomodada, educada en un proceso de socialización marcado por la protección y la abundancia relativa. Han crecido en un contexto democrático consolidado, sin haber experimentado crisis estructurales o políticas profundas o regímenes autoritarios de forma directa. Este entorno, beneficioso en múltiples aspectos, también habría propiciado una disminución en la empatía hacia problemas que no afectan de manera inmediata a su esfera personal.

Este fenómeno se vincula con la cultura de la inmediatez. La era digital, el consumo instantáneo y la disponibilidad constante de información han reforzado una percepción del mundo muy orientada al presente, a la satisfacción rápida y a la validación externa. Como consecuencia, el compromiso social y político a largo plazo se enfrenta al desafío de competir con lógicas más individualistas y, siempre, más superficiales. Se trata de un cambio cultural que influye en la manera en que esta generación se relaciona con el poder, con las instituciones y con los otros.

Al haber sido educados en entornos donde sus necesidades fueron ampliamente atendidas, para algunos miembros de esta generación puede resultar difícil concebir la noción de límite: el “no” como parte natural del aprendizaje y de la convivencia no forma parte de su código. En lugar de ello, se privilegia la autoafirmación, la expresión individual sin filtros y la idea de que toda frustración es injusta o intolerable. Esto contribuye a la percepción de que su identidad y sus deseos deben ocupar un lugar prioritario en cualquier espacio social y, eso en la gestión pública es nefasto, significa barbarie.

El conflicto surge cuando esta visión entra en tensión con estructuras sociales que requieren negociación, esfuerzo sostenido y capacidad de renuncia. Desde esta perspectiva crítica, el problema central radica en que, al considerar que el mundo no funciona de acuerdo con sus expectativas, a veces infantiles, algunos sectores de esta generación buscan reformarlo desde bases débiles o desde valores percibidos como difusos y fragmentados. La globalización, con su mezcla de culturas, discursos y referentes, acelera este proceso, generando un escenario en el que los valores tradicionales se debilitan, pero sin que se consoliden nuevos marcos éticos sólidos que sustituyan a los antiguos.

En definitiva, lo que está en juego no es simplemente una disputa sobre modelos políticos, sino un choque entre formas distintas de entender la responsabilidad, el compromiso y la convivencia. Esta lucha generacional no es necesariamente negativa: puede ser una oportunidad para revisar estructuras caducas y promover transformaciones necesarias. Sin embargo, también implica riesgos si se abordan los cambios desde la inexperiencia, la falta de valores o la desconexión con los procesos históricos que han dado forma al sistema actual. La clave estará en encontrar un equilibrio entre la renovación generacional y la preservación de aquellos valores que permiten la cohesión social y el funcionamiento democrático.

Nov
24th

El anhelo

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Las vidas se van gastando, cada día las sensaciones se van alejando, las cosas se relativizan, pero persiste el anhelo. Las cosas que alguna vez parecieron absolutas, urgentes o definitivas, adquieren otra dimensión bajo la luz cambiante de los años. Aun así, persiste el anhelo: esa llama silenciosa que a veces llamamos deseo, que no se extingue, que insiste en recordarnos quiénes somos y qué seguimos buscando, incluso cuando todo lo demás parece diluirse.

Nov
24th

ZBE y absurdo

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Quienes defienden estas zonas hablan de salud pública, y es cierto que la contaminación es un problema serio, y el calentamiento global, también. Todos queremos un aire limpio y un planeta sostenible. Pero la pregunta es: ¿por qué la responsabilidad recae casi exclusivamente en quien conduce un vehículo que hasta hace poco era perfectamente legal, mientras que otros focos de emisiones más contundentes y peligrosos quedan intactos?
Si queremos proteger la salud, hagámoslo de verdad. No con medidas simbólicas, sino con políticas completas, equilibradas y que no dividan a la sociedad.

Porque no nos engañemos: cuando el acceso a una parte de la ciudad depende del tipo de vehículo que uno puede permitirse, no estamos avanzando hacia una ciudad más justa; la estamos fragmentando. Y cuando una norma genera rechazo persistente y problemas reales en la vida diaria, lo democrático no es ignorarlo, sino replantearlo.

Cualquier consumo de energía produce emisiones, residuos, pueden ir al aire, a la tierra o al agua, pero solo el sol es inocuo. Las ZBE no sirven.

Nov
24th

Las ZBE y el comercio

Vivimos tiempos en los que la ciudad, que debería ser un espacio de encuentro, libertad, se ha convertido en un laberinto tejido por decisiones que rara vez toman en cuenta las necesidades cotidianas de quienes la habitan. Las Zonas de Bajas Emisiones, concebidas originalmente como herramientas para mejorar la salud pública y reducir la contaminación en entornos especialmente castigados por décadas de especulación urbanística, han terminado aplicándose, sin reflexión y sin valores, como parches sobre un tejido urbano que ha ido creciendo enfermo.

Durante años, buena parte del crecimiento de nuestras ciudades se guio más por la rentabilidad inmediata que por la sensatez del diseño. Se levantaron muros invisibles entre barrios, se estrecharon flujos, se sacrificaron ventilaciones naturales, se levantaron manzanas cerradas que atrapaban el aire sucio del mismo que algunos se hacían millonarios. Y ahora, todos esos errores, las administraciones pretenden imputarlos al ciudadano, mediante prohibiciones, arruinando la manera en que las personas se relacionan con la ciudad y con su comercio.

El caso de Madrid es paradigmático: una ciudad que, por su tamaño y estructura, debería poder cruzarse con fluidez, se ha convertido en un territorio segmentado donde atravesarla es literalmente imposible, has de pagar 200 euros. Granada, con su casco histórico delicado y complejo, vive tensiones similares. Y así ocurre en muchos otros núcleos del país. La sensación, para miles de ciudadanos, es la de estar siendo empujados hacia los márgenes, como si la ciudad se cerrara sobre sí misma para aquellas capas más solventes.

No se trata de negar la necesidad de mejorar la calidad del aire. Nadie cuestiona que respirar debería ser un acto seguro en cualquier calle, a cualquier hora. Pero resulta difícil aceptar que quienes pagan las consecuencias de la mala planificación de ayer sean precisamente quienes hoy necesitan moverse, trabajar, visitar a sus familiares o simplemente atravesar su propia ciudad. Lo que duele no es solo la medida, sino la falta de coherencia: décadas de errores estructurales justifican ahora restricciones que no son nada eficientes ni dignas.

Quizá la mayor frustración no proviene del cierre de calles, sino del cierre del diálogo. De la ausencia de un mensaje claro, honesto y completo. Sin explicar cómo se piensa garantizar la movilidad de todos, sin ofrecer soluciones que realmente equilibren bienestar, medio ambiente y justicia social.

¿En qué tiempos vivimos? En tiempos en los que las palabras se multiplican pero los mensajes se diluyen; en los que las decisiones se justifican con grandes conceptos, pero se aplican sobre realidades pequeñas, que son nuestras y afectan profundamente en nuestras vidas. Tal vez lo que falta es una visión de ciudad que incluya a todos, que respire con todos y que no confunda protección con exclusión.

Nov
24th

Cuando ser “progre” dejó de ser progre

Durante mucho tiempo, la palabra progre evocaba una actitud rebelde, inconformista y crítica con el sistema. Ser progresista era sinónimo de cuestionar el poder, de poner en duda las estructuras establecidas, de defender causas libertarias, feministas, internacionalistas y, en definitiva, de situarse en la periferia del orden dominante. Era una identidad que se construía en la oposición y que se alimentaba de la voluntad de transformar la realidad desde fuera de las instituciones, desde fuera del poder.

Pero hoy, ese significado ha cambiado de forma sustancial. En buena parte del panorama político actual, el progresismo ya no ocupa el lugar del desafío, sino el del poder. Las ideas que antes se presentaban como alternativas han sido asumidas por los gobiernos, por los aparatos administrativos y por buena parte de las élites culturales. El progresismo, en este nuevo escenario, ya no se vive como un grito de protesta, sino como un discurso institucionalizado, respaldado por leyes, presupuestos y estructuras de gestión.

Este desplazamiento tiene consecuencias profundas en la forma en que nos posicionamos políticamente. De pronto, lo que antes era contracultural se convierte en ortodoxia; y quien se atreve a cuestionar esa ortodoxia es etiquetado de inmediato como “facha”, aunque sus planteamientos no coincidan con la derecha clásica. La crítica al progresismo oficial se convierte así en una especie de herejía ideológica que debe ser desactivada mediante el insulto y el etiquetaje intencionadamente descalificador.

La perversión del lenguaje político juega aquí un papel decisivo. Las etiquetas ya no sirven para describir posiciones, sino para deslegitimar al adversario. “Progre” ha pasado de ser un símbolo de insurgencia y transgresión a serlo de institucionalidad. Y “facha” se usa a menudo como cajón de sastre para todo aquel que no confiesa fidelidad al relato dominante, aunque defienda ideas heterodoxas, más democráticas o simplemente pida una revisión crítica del rumbo político.

Quizá el verdadero problema es que la política se ha convertido en una batalla de relatos identitarios donde lo importante ya no es el contenido de las ideas, sino la tribu a la que aparentemente se representa. Y cuando eso ocurre, el debate público se empobrece, se vuelve predecible y se encierra en un bucle de consignas, acaba siendo una discusión corrosiva.

Conviene entonces preguntarse si no ha llegado el momento de abandonar etiquetas que ya no significan lo que un día significaron. Porque, en un escenario donde las ideologías parecen haberse dado la vuelta, lo verdaderamente relevante es recuperar la reflexión, la crítica y la capacidad de señalar al poder, sea del color que sea, sin miedo a ser despachado con un adjetivo que pretende cerrar el debate antes de que empiece. El cuento de que “viene el lobo” está cerrando el debate y calando en una sociedad infantilizada y anestesiada.

Tal vez ser progresista hoy debiera ser no seguir al progresismo institucional, sino precisamente cuestionarlo, como antaño se cuestionaba a cualquier forma de poder. Y quizá la verdadera transgresión vuelva a estar, como siempre, en pensar por cuenta propia.

¿Qué difícil?

Nov
3rd

Escribir, mi maratón

Siempre me ha gustado escribir, pero lamentablemente para escribir hay que ser paciente y picar mucha piedra; sentarse ante un papel en blanco, mirarlo y dejar que te atrape, que te absorba y te aleje por largos momentos de la realidad liberando tu imaginación y tu memoria, esa es la dificultad de escribir, al menos una de ellas, yo no tengo el habito de la paciencia en la escritura, hasta este momento las carreras han sido cortas, ahora mi intención es correr una maratón. 

Mi vida y mi profesión se han canalizado por otros derroteros, que no considero menos validos ni menos creativos, todas las vidas y todos los oficios, se pueden considerar válidas y válidos, si el que las vive las disfruta con humor con instinto de superación y entrega.

Ninguna cualidad está por encima de la otra, son todas igualmente importantes. 

Por tanto en ese sentido el deseo de escribir como parte principal se ha quedado en los pequeños recodos del camino por cuestiones de entrega, como tantas otras cosas. 

Por eso no acabo de entender como hay gente que hace tantas cosas a la vez, para mi resulta imposible, si lo que hago lo quiero hacer bien y buscar la excelencia no me queda tiempo para mucho más, excepto mi refugio personal, ese siempre me ha acompañado, y una caja enorme de nevera, totalmente vacía donde me escondo y me paralizo en la más absoluta contemplación. 

Eso siempre ha sido así, mi refugio ha sido y es la música, podría haber sido el amor, pero el amor es inestable y caprichoso y a veces necesita libertad y desligarse.  Además el amor supone un esfuerzo y dedicación, al ser algo vivo. 

La música es fiel y siempre esta cuando la necesitas para escucharte y hablarte, es un compañero fiel y no te pide nada y llega a descubrir lo más profundo de uno, te ayuda y te descubre partes de ti necesarias para luchar y sobrevivir en esta sociedad cada vez más egocéntrica y egoísta, y sobre todo inculta, en el más amplio sentido de la palabra. 

El siglo pasado teníamos analfabetos cultos, ahora nos sobrepasan los ilustres ignorantes. 

Escribir una maratón no significa llenar páginas, sino sostener el pulso. Es permanecer cuando la emoción inicial se apaga, cuando las palabras ya no brotan con la facilidad del primer impulso y todo se vuelve lento, pesado, casi árido. Es en ese punto donde muchos abandonan; donde yo, tantas veces, he dejado caer la pluma con la excusa de que el silencio también es creación.

Pero el silencio no siempre es creación. A veces sólo es silencio.
Y ese silencio prolongado se convierte en miedo: miedo a no tener nada que decir, miedo a repetirme, miedo a descubrir que en realidad no sé escribir, sino apenas empezar.

Aun así, vuelvo.
Vuelvo porque algo en mí se resiste a rendirse, una voz interior, terca,  me dice que la escritura no es una meta sino un modo de andar. Que escribir no es correr hacia ningún sitio, sino avanzar palabra a palabra.

Y entonces, poco a poco, el papel se convierte en amigo. En un territorio que puedo recorrer sin miedo, donde cada frase es una huella, una gota de sudor, una prueba de que sigo vivo y que algo dentro de mí necesita ver la luz.

Quizás de eso se trate escribir: de seguir corriendo aun cuando nadie aplaude en la meta.
De aceptar que el cansancio también forma parte del camino.
De entender que, al final, la única victoria posible es no detenerse.

A veces me pregunto por qué escribo.
No hay una respuesta clara, sólo impulsos que me llevan de regreso al papel, como si en cada intento buscara una parte de mí que olvidé el día anterior. Escribir es mi manera de detener el tiempo, de volver a mirar lo que ya pasó, de entender algún absurdo. Una forma de recuperar lo que ya no está.

Cada palabra que cae sobre la página tiene algo de confesión, algo de derrota y algo de futuro. Porque escribir no siempre libera; a veces duele, y mucho. Duele cuando descubres que lo que sale de ti no es lo que imaginabas, que tus pensamientos se oxidan al volverse lenguaje, que el corazón y la tinta no siempre se entienden. Pero también, en medio de esa confusión, hay algo profundamente humano: la certeza de que intentarlo ya es una forma de belleza.

He aprendido que escribir no es llenar vacíos, sino reconocerlos y hacerlos amigables. Las palabras no tapan las fisuras, las desdibuja. Y al hacerlo, uno también se desdibuja un poco.

Quizás la escritura sea eso: un esfuerzo constante con lo posible. Con lo que intento decir. Con el silencio que me grita, y el pensamiento que huye.

Escribo para entenderme.  Agradezco si alguien me lee.
Y en ese entenderme, encuentro una forma de estar en paz, aunque sea por un momento breve, fugaz, como la respiración que logra hacerse palabra antes de convertirse en aire.

Con el tiempo he comprendido que no hay escritura sin pérdida.
Cada palabra que elijo deja otras en el camino, y cada frase que construyo es también una renuncia. Pero quizás ahí esté la magia: en aceptar que no se puede decir todo, que siempre quedará algo fuera del papel, latiendo en silencio, esperando su turno.  Así también es la vida, renuncia tras renuncia.

Escribir me ha enseñado a mirar distinto.
A reconocer en los días más simples una pequeña grieta de belleza: el olor del café, la sombra que se estira por la tarde, una frase que se me escapa y vuelve más tarde arrepentida.

Porque escribir, al final, no es una meta. Es un regreso. Un volver una y otra vez a ese lugar interior donde todo comienza, donde la memoria se mezcla con el deseo y la vida se vuelve, por un instante, completamente habitable.

Oct
22nd

Ayuso y Séneca

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Decía Séneca de su época que eran malos tiempos, pues todos se consideraban escritores y se le faltaba el respeto a los padres. Las épocas están marcadas por pequeños detalles que las definen de una forma particular y luego están los rasgos históricos, tercos y repetitivos, que no nos abandonan. Lo particular de esta época es que nos gobierna una generación mimada que no ha conocido el “no” a sus caprichos, ni el castigo o reprimenda a sus desmanes. Y en lo general el hecho que martiriza la historia y que es origen de los más sangrientos conflictos, el miedo y lo políticamente correcto, versus, la falta de criterio y la sinrazón.
Ayuso está haciendo lo correcto y lo valiente, sin peros, los peros los tienen el blando de Feijo y el rumbo errático del PP, se junta la generación mimada y el miedo. Se les junta el hambre y las ganas de comer.
Ayuso está plantando cara a la tiranía y defendiendo la libertad, en mayúsculas, y lo hace desde su atalaya, para ella sería más cómodo ser políticamente correcta y dejarse dominar por el miedo. Y eso le da otro plus, tenemos el derecho y la obligación de desobedecer cuando lo que se nos manda no atiende al orden, al respeto, al bien común, atenta contra la mayoría o pone en riesgo nuestra convivencia. Y lo hace desde el poder que le otorga su cargo y en nombre de una gran mayoría de ciudadanos por no decir en nombre de todos los que queremos gritar y no tenemos voz. Gracias.
Así debería de ser la acción política en democracia, un sistema de contrapesos, y una representación real y sincera de los intereses de la ciudadanía. Son los poderes, los otros poderes que nos representan los que deben llamar la atención al poder que se extralimita. Nosotros no tenemos por qué salir a la calle cada vez que un poder intenta fastidiar, que son muchas las veces, bastante tenemos con trabajar y juntar para pagar impuestos y sueldos de funcionarios y políticos.
Estamos representados por cuatro instancias de poder, el municipal, el autonómico, el nacional y el europeo, y sus derivadas, que son muchas, diputaciones, consejos comarcales, institutos y entidades con capacidad de generar impuestos y normas.
Hacen falta más ayusos, hace falta más claridad en el lenguaje, evitar eufemismos y un ambiente político más acorde al ciudadano y la realidad. No puede haber delincuentes ejerciendo de diputados, no se puede ejercer en el parlamento sin jurar la Constitución, no se puede votar una ley sin leérsela, no se puede legislar sin saberse la constitución, y una lista larguísima y aburrida. A veces hay que pegar un puñetazo en la mesa y decir, BASTA.
“Porque la mentira, la manipulación y el engaño, no pueden ser, no son, ni éticos ni legítimos, y mucho menos cuando están en juego los intereses generales de nuestro país y de nuestros conciudadanos.”