Dic
17th

El «no» y su generación

  
Archivado bajo Actualidad | Publicado por Celedonio Sepúlveda


Era previsible, se veía venir desde hace años. El relevo generacional, como ley natural del tiempo, es inevitable y en cierto modo necesario para la continuidad de cualquier sociedad. Sin embargo, otra cuestión muy distinta es si dicho relevo resulta suficiente —o siquiera adecuado— para garantizar un funcionamiento político y social equilibrado, responsable y orientado al bien común. El simple cambio de caras o edades no implica, por sí mismo, una mejora estructural ni una evolución real en los valores que sostienen el ejercicio del poder.

Hoy asistimos al pleno ejercicio de una generación que creció sin conocer la palabra “no”, educada en la satisfacción inmediata, en la ausencia de límites claros y en la confusión entre derechos y deseos. Esta generación ocupa ya todos los espacios de poder: gobierna, legisla, dirige instituciones y marca el rumbo cultural y social. Y ese hecho no pasa desapercibido. Se percibe en el estilo de liderazgo, en la fragilidad ante la crítica, en la incapacidad para asumir responsabilidades y en la tendencia a convertir el interés personal o ideológico en principio absoluto.

Las consecuencias de una educación sostenida en la debilidad, la sobreprotección y el capricho han dado lugar a caracteres marcados por un individualismo exacerbado, con connotaciones egoístas que, en muchos casos, rozan el delirio. Se trata de personalidades poco habituadas al esfuerzo, adversas a la frustración y proclives a victimizarse ante cualquier contrariedad, pero firmes y autoritarias cuando se trata de imponer su visión. El resultado es una paradoja peligrosa: líderes emocionalmente frágiles, pero políticamente inflexibles; moralmente indulgentes consigo mismos, pero severos con quienes disienten.

Así, el relevo generacional, lejos de ser una garantía de progreso, se convierte en un espejo que refleja las carencias de un modelo educativo y cultural que ha confundido empatía con permisividad y libertad con ausencia de límites. Y mientras no se corrijan esas bases, el problema no será quién ostenta el poder, sino cómo y desde qué valores se ejerce.

Deja un Comentario