
Quienes defienden estas zonas hablan de salud pública, y es cierto que la contaminación es un problema serio, y el calentamiento global, también. Todos queremos un aire limpio y un planeta sostenible. Pero la pregunta es: ¿por qué la responsabilidad recae casi exclusivamente en quien conduce un vehículo que hasta hace poco era perfectamente legal, mientras que otros focos de emisiones más contundentes y peligrosos quedan intactos?
Si queremos proteger la salud, hagámoslo de verdad. No con medidas simbólicas, sino con políticas completas, equilibradas y que no dividan a la sociedad.
Porque no nos engañemos: cuando el acceso a una parte de la ciudad depende del tipo de vehículo que uno puede permitirse, no estamos avanzando hacia una ciudad más justa; la estamos fragmentando. Y cuando una norma genera rechazo persistente y problemas reales en la vida diaria, lo democrático no es ignorarlo, sino replantearlo.
Cualquier consumo de energía produce emisiones, residuos, pueden ir al aire, a la tierra o al agua, pero solo el sol es inocuo. Las ZBE no sirven.