Dic
17th

Lentitud y memoria

  
Archivado bajo Actualidad | Publicado por Celedonio Sepúlveda


Al sobrepasar una nueva y quizá penúltima frontera de la vida, todo parece adquirir un ritmo distinto, más pausado, casi mágico. El tiempo acumulado deja de pesar como una carga y se transforma en un territorio fértil donde las imágenes de lo vivido se superponen obstinadas reclamando un nuevo protagonismo. No buscan repetirse, sino ser revividas de otra manera, con una mirada nueva, más indulgente, en otro espacio también nuevo e íntimo de la memoria. Allí aparecen con todos los matices que anteriormente las prisas, la urgencia o quizás la prudencia de aquel momento nos obligó a ignorar o a sacrificar. Volver a esos instantes no es un ejercicio de nostalgia huera, sino un acto de comprensión profunda: entender que el día no termina cuando cae la noche y que la vida no se agota por haber sido intensamente vivida.  Nos queda el pensamiento y la memoria.

Nada acaba del todo realmente. Al contrario, en la lentitud todo se engrandece. Surgen paisajes nuevos, desconocidos hasta entonces, no porque no existieran, sino porque no supimos apreciarlos. Afloran sensaciones que permanecieron ocultas, reprimidas o incluso censuradas por algún tipo de miedo, por pudor o por simple falta de tiempo. Emergen también palabras que nunca fueron pronunciadas y que ahora, al fin, encuentran su lugar, completando conversaciones que en su momento fueron triviales, torpes o inconclusas, pero que hoy revelan un significado inesperado y distinto.

Las amistades, por su parte, reaparecen como libros colocados en una estantería,  con la falsa seguridad de quien cree haberlos leído del todo. Libros casi olvidados que ahora despiertan el deseo de ser releídos, de ser abiertos otra vez para descubrir en ellos pasajes nuevos o significados diferentes. A veces, esa posibilidad ya no existe: el libro no está ahí, en su lugar de la librería, donde lo dejamos, y su ausencia pesa tanto como su recuerdo. Sin lugar a dudas, nuestra memoria y nuestra capacidad sensorial para rescatar fragmentos de vida que no supimos vivir plenamente —quizá por exceso de vida, por rebosamiento de experiencias, en ese preciso momento— nos convierten en seres profundamente singulares. Gracias a esa facultad somos capaces de reconstruir, de reinventar y de crear mundos más amplios, más justos y más luminosos. Mundos que quizás solo florezcan en nuestros sueños o en nuestra imaginación, pero, aun así, nos sostienen, nos ayudan y nos permiten seguir avanzando con una vida nueva.

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