Dic
17th

¿ A qué huele la soledad ?

  
Archivado bajo Actualidad | Publicado por Celedonio Sepúlveda


Numerosas situaciones de nuestra vida llevan asociado un olor preciso e imborrable. Fragancias que, sin previo aviso, nos devuelven a un instante concreto, a un rostro, a una emoción. El olfato es una puerta directa a la memoria. Pero la soledad… ¿a qué huele la soledad?

Supongo que no existe una respuesta única. El olor de la soledad debe de ser algo profundamente individual, ligado a la historia de cada cual. Y, sin embargo, hay aromas que parecen repetirse, que se graban con una insistencia casi cruel. Olores que, inevitablemente, me conducen a una de las soledades más brutales e incómodas que existen.

El olor a puré de patatas con verduras, a sopa de Avecren recalentada, a pasillos cerrados donde el tiempo se estanca. El olor leve, pero persistente a orines y a abandono, a cuerpos cansados que ya no responden como antes y a dignidades erosionadas por la rutina. Son olores que no se olvidan porque no solo se respiran: se sienten.

No hay soledad más devastadora que la de nuestros mayores recluidos en una residencia. Y no se trata de señalar culpables. No es una acusación, es una constatación. Es la propia vida la que, poco a poco, nos va relegando, nos va dejando a un lado como a objetos viejos, como trastos que ya no encaja en ningún sitio. La sociedad sigue avanzando, y ellos se quedan atrás, atrapados en una pausa pasajera.

A muchos solo les queda el refugio de la memoria. Regresar una y otra vez a sus mejores años, revivirlos con una nitidez sorprendente, como si aún fueran reales. En esos recuerdos vuelven a ser protagonistas, vuelven a importar, vuelven a existir con plenitud. Hablan de ello como quien se aferra a un salvavidas, porque en ese pasado aún conservan su identidad.

Para completar esa frágil felicidad, para hacerla un poco más llevadera, solo hace falta algo muy sencillo: escucharlos. Escuchar sin prisas, sin corregir, sin romper la burbuja en la que sobreviven. Dejarles contar su historia, aunque ya la sepamos, contada decenas de veces. Porque, a veces, la mejor forma de combatir la soledad no es con grandes gestos, sino con una presencia sincera y un oído atento.

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