
Ayer, jueves 11 de diciembre, tuvo lugar una audiencia pública dedicada al nuevo plan de movilidad de Ripollet. Asistí con la intención de informarme, pero también con la sensación —cada vez más presente— de que atravesamos una época marcada por un lenguaje cuidadosamente edulcorado, repleto de eufemismos que evitan llamar a las cosas por su nombre. Es un modo de hablar que parece diseñado para no incomodar a nadie, para no herir sensibilidades cada vez más frágiles, esas que yo llamo, sin ánimo de ofender, voluntades de mantequilla.
Lo primero que me impactó fue la actitud generalizada de confrontación hacia el coche. Y lo digo desde la posición de alguien que no es precisamente defensor del uso urbano del vehículo: detesto conducir en ciudad, ese constante parar y arrancar que va contra la esencia misma del automóvil; además, evitar buscar aparcamiento es casi un principio vital para mí, así que lo utilizo muy poco. Aun así, me sorprendió la intensidad del discurso: parecía una guerra sin cuartel contra el coche, contra la movilidad y, en cierto modo, contra la propia dinámica de la vida diaria y de la actividad económica del municipio.
Se ha instalado la idea de que todo lo relacionado con el tráfico es una molestia: molesta que haya circulación diurna, molesta que alguien aparque frente a tu casa, molesta escuchar un motor pasar por tu calle. Todo irrita, todo contamina, todo perturba. Y me pregunto —con toda sinceridad— de dónde nace tanta irritación. Supongo que este nivel de sensibilidad lo manifiestan personas que pasan gran parte del día en sus hogares, porque si no, cuesta entender cómo puede afectarles tanto el movimiento normal de una ciudad.
Lo más llamativo, sin embargo, es la contradicción que se hace evidente cuando uno observa a parte del mismo colectivo que protesta con tanta vehemencia: muchos poseen vehículos de alta gama y gran cilindrada. Y no dudan en utilizarlos los fines de semana para desplazarse a otras localidades, donde —paradójicamente— contribuyen al tráfico, la contaminación y, en algunos casos, incluso al deterioro del entorno natural. No van andando, ni en bicicleta, ni en transporte público: van en sus potentes coches, esos mismos que en el discurso público parecen condenar.
Quizás no estaría de más un poco de coherencia entre lo que se proclama y lo que realmente se practica. Porque es difícil construir un modelo de movilidad equilibrado cuando el debate se sostiene más en consignas que en realidades, más en la apariencia de virtud que en la responsabilidad compartida.
A esa contradicción se suma otra cuestión que, sinceramente, roza lo absurdo: la tendencia creciente a rediseñar el mapa urbano como si el objetivo fuera complicar la vida cotidiana en lugar de facilitarla. Se plantean calles que literalmente “chocan” unas con otras, trazados que interrumpen las vías naturales de paso para evitar que los conductores crucen el pueblo, como si Ripollet fuera una fortaleza que hubiera que proteger del flujo normal de tránsito. Se crean giros imposibles, direcciones únicas que no llevan a ninguna parte y cambios de sentido que obligan a dar rodeos interminables. El resultado es que, para recorrer un trayecto que antes requería tres minutos, ahora hacen falta diez o quince. Y eso no es movilidad sostenible, es simplemente movilidad torpedeada.
La obsesión por dificultar el paso del coche ha llevado también a la proliferación de badenes desmesurados, a veces mal señalizados, que más que un calmado del tráfico parecen un castigo al vehículo. No se piensa demasiado en quienes trabajan sobre ruedas: ambulancias, bomberos, taxis, repartidores, servicios de asistencia… ¿De verdad alguien puede creer que ralentizar artificialmente el desplazamiento de una ambulancia es una medida responsable? ¿Que forzar al conductor a frenar y acelerar continuamente tiene algún beneficio real más allá de transmitir una sensación de control? Los badenes, en teoría diseñados para mejorar la seguridad, acaban entorpeciendo servicios esenciales y, paradójicamente, aumentando la contaminación con cada frenada innecesaria.
Y como colofón, ese entramado de calles recortadas, desvíos forzados, pasos cerrados y obstáculos artificiales convierte el pueblo en un auténtico laberinto. Un laberinto que confunde a quienes vienen de fuera y frustra a quienes vivimos aquí. La movilidad, que debería ser una herramienta para conectar, se transforma en un rompecabezas urbano en el que todo parece estar pensado para que uno desista, se dé la vuelta o acabe perdiendo la paciencia antes de llegar a su destino.
Lo más preocupante es que detrás de estas decisiones no parece haber una reflexión profunda sobre su impacto, sino un impulso ideológico poco matizado: “cuantas más trabas al coche, mejor”. Pero una movilidad bien planteada no consiste en castigar un modo de transporte para forzar el uso de otro; consiste en ofrecer alternativas reales, cómodas y eficientes. Bloquear, dividir y dificultar no es diseñar una ciudad sostenible: es diseñar una ciudad en guerra consigo misma.
En definitiva, una ciudad no debería construirse desde la imposición ni desde el gesto simbólico, sino desde el sentido común y la comprensión de cómo vive realmente su gente. La movilidad no es un capricho ni una ideología: es una necesidad humana básica que sostiene el funcionamiento de un pueblo, su economía y su convivencia. Cuando la planificación urbana se convierte en una carrera por ver quién limita más, quién complica más o quién erige más obstáculos, dejamos de hablar de progreso y empezamos a hablar de renuncias. Renunciamos a la eficiencia, renunciamos a la lógica y, sobre todo, renunciamos a la armonía entre las distintas formas de movernos.
Pretender que la solución consiste en poner muros invisibles, calles que chocan, badenes desproporcionados y laberintos artificiales es olvidar que una ciudad vive del flujo: de personas que entran, salen, trabajan, cuidan, atienden y se relacionan. Una ciudad no se defiende contra su propio tránsito, lo gestiona con inteligencia.
Quizá ha llegado el momento de exigir menos consignas y más reflexión; menos prohibición y más equilibrio. Movilidad sostenible no debería significar movilidad imposible. Y si de verdad queremos un Ripollet moderno, amable y funcional, debemos empezar por recordar una verdad sencilla: las ciudades que prosperan son aquellas que permiten que la vida circule, no las que la detienen.


