Dic
17th

Plan de pacificación

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Ayer, jueves 11 de diciembre, tuvo lugar una audiencia pública dedicada al nuevo plan de movilidad de Ripollet. Asistí con la intención de informarme, pero también con la sensación —cada vez más presente— de que atravesamos una época marcada por un lenguaje cuidadosamente edulcorado, repleto de eufemismos que evitan llamar a las cosas por su nombre. Es un modo de hablar que parece diseñado para no incomodar a nadie, para no herir sensibilidades cada vez más frágiles, esas que yo llamo, sin ánimo de ofender, voluntades de mantequilla.

Lo primero que me impactó fue la actitud generalizada de confrontación hacia el coche. Y lo digo desde la posición de alguien que no es precisamente defensor del uso urbano del vehículo: detesto conducir en ciudad, ese constante parar y arrancar que va contra la esencia misma del automóvil; además, evitar buscar aparcamiento es casi un principio vital para mí, así que lo utilizo muy poco. Aun así, me sorprendió la intensidad del discurso: parecía una guerra sin cuartel contra el coche, contra la movilidad y, en cierto modo, contra la propia dinámica de la vida diaria y de la actividad económica del municipio.

Se ha instalado la idea de que todo lo relacionado con el tráfico es una molestia: molesta que haya circulación diurna, molesta que alguien aparque frente a tu casa, molesta escuchar un motor pasar por tu calle. Todo irrita, todo contamina, todo perturba. Y me pregunto —con toda sinceridad— de dónde nace tanta irritación. Supongo que este nivel de sensibilidad lo manifiestan personas que pasan gran parte del día en sus hogares, porque si no, cuesta entender cómo puede afectarles tanto el movimiento normal de una ciudad.

Lo más llamativo, sin embargo, es la contradicción que se hace evidente cuando uno observa a parte del mismo colectivo que protesta con tanta vehemencia: muchos poseen vehículos de alta gama y gran cilindrada. Y no dudan en utilizarlos los fines de semana para desplazarse a otras localidades, donde —paradójicamente— contribuyen al tráfico, la contaminación y, en algunos casos, incluso al deterioro del entorno natural. No van andando, ni en bicicleta, ni en transporte público: van en sus potentes coches, esos mismos que en el discurso público parecen condenar.

Quizás no estaría de más un poco de coherencia entre lo que se proclama y lo que realmente se practica. Porque es difícil construir un modelo de movilidad equilibrado cuando el debate se sostiene más en consignas que en realidades, más en la apariencia de virtud que en la responsabilidad compartida.

A esa contradicción se suma otra cuestión que, sinceramente, roza lo absurdo: la tendencia creciente a rediseñar el mapa urbano como si el objetivo fuera complicar la vida cotidiana en lugar de facilitarla. Se plantean calles que literalmente “chocan” unas con otras, trazados que interrumpen las vías naturales de paso para evitar que los conductores crucen el pueblo, como si Ripollet fuera una fortaleza que hubiera que proteger del flujo normal de tránsito. Se crean giros imposibles, direcciones únicas que no llevan a ninguna parte y cambios de sentido que obligan a dar rodeos interminables. El resultado es que, para recorrer un trayecto que antes requería tres minutos, ahora hacen falta diez o quince. Y eso no es movilidad sostenible, es simplemente movilidad torpedeada.

La obsesión por dificultar el paso del coche ha llevado también a la proliferación de badenes desmesurados, a veces mal señalizados, que más que un calmado del tráfico parecen un castigo al vehículo. No se piensa demasiado en quienes trabajan sobre ruedas: ambulancias, bomberos, taxis, repartidores, servicios de asistencia… ¿De verdad alguien puede creer que ralentizar artificialmente el desplazamiento de una ambulancia es una medida responsable? ¿Que forzar al conductor a frenar y acelerar continuamente tiene algún beneficio real más allá de transmitir una sensación de control? Los badenes, en teoría diseñados para mejorar la seguridad, acaban entorpeciendo servicios esenciales y, paradójicamente, aumentando la contaminación con cada frenada innecesaria.

Y como colofón, ese entramado de calles recortadas, desvíos forzados, pasos cerrados y obstáculos artificiales convierte el pueblo en un auténtico laberinto. Un laberinto que confunde a quienes vienen de fuera y frustra a quienes vivimos aquí. La movilidad, que debería ser una herramienta para conectar, se transforma en un rompecabezas urbano en el que todo parece estar pensado para que uno desista, se dé la vuelta o acabe perdiendo la paciencia antes de llegar a su destino.

Lo más preocupante es que detrás de estas decisiones no parece haber una reflexión profunda sobre su impacto, sino un impulso ideológico poco matizado: “cuantas más trabas al coche, mejor”. Pero una movilidad bien planteada no consiste en castigar un modo de transporte para forzar el uso de otro; consiste en ofrecer alternativas reales, cómodas y eficientes. Bloquear, dividir y dificultar no es diseñar una ciudad sostenible: es diseñar una ciudad en guerra consigo misma.

En definitiva, una ciudad no debería construirse desde la imposición ni desde el gesto simbólico, sino desde el sentido común y la comprensión de cómo vive realmente su gente. La movilidad no es un capricho ni una ideología: es una necesidad humana básica que sostiene el funcionamiento de un pueblo, su economía y su convivencia. Cuando la planificación urbana se convierte en una carrera por ver quién limita más, quién complica más o quién erige más obstáculos, dejamos de hablar de progreso y empezamos a hablar de renuncias. Renunciamos a la eficiencia, renunciamos a la lógica y, sobre todo, renunciamos a la armonía entre las distintas formas de movernos.

Pretender que la solución consiste en poner muros invisibles, calles que chocan, badenes desproporcionados y laberintos artificiales es olvidar que una ciudad vive del flujo: de personas que entran, salen, trabajan, cuidan, atienden y se relacionan. Una ciudad no se defiende contra su propio tránsito, lo gestiona con inteligencia.

Quizá ha llegado el momento de exigir menos consignas y más reflexión; menos prohibición y más equilibrio. Movilidad sostenible no debería significar movilidad imposible. Y si de verdad queremos un Ripollet moderno, amable y funcional, debemos empezar por recordar una verdad sencilla: las ciudades que prosperan son aquellas que permiten que la vida circule, no las que la detienen.

Dic
17th

¿ A qué huele la soledad ?

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Numerosas situaciones de nuestra vida llevan asociado un olor preciso e imborrable. Fragancias que, sin previo aviso, nos devuelven a un instante concreto, a un rostro, a una emoción. El olfato es una puerta directa a la memoria. Pero la soledad… ¿a qué huele la soledad?

Supongo que no existe una respuesta única. El olor de la soledad debe de ser algo profundamente individual, ligado a la historia de cada cual. Y, sin embargo, hay aromas que parecen repetirse, que se graban con una insistencia casi cruel. Olores que, inevitablemente, me conducen a una de las soledades más brutales e incómodas que existen.

El olor a puré de patatas con verduras, a sopa de Avecren recalentada, a pasillos cerrados donde el tiempo se estanca. El olor leve, pero persistente a orines y a abandono, a cuerpos cansados que ya no responden como antes y a dignidades erosionadas por la rutina. Son olores que no se olvidan porque no solo se respiran: se sienten.

No hay soledad más devastadora que la de nuestros mayores recluidos en una residencia. Y no se trata de señalar culpables. No es una acusación, es una constatación. Es la propia vida la que, poco a poco, nos va relegando, nos va dejando a un lado como a objetos viejos, como trastos que ya no encaja en ningún sitio. La sociedad sigue avanzando, y ellos se quedan atrás, atrapados en una pausa pasajera.

A muchos solo les queda el refugio de la memoria. Regresar una y otra vez a sus mejores años, revivirlos con una nitidez sorprendente, como si aún fueran reales. En esos recuerdos vuelven a ser protagonistas, vuelven a importar, vuelven a existir con plenitud. Hablan de ello como quien se aferra a un salvavidas, porque en ese pasado aún conservan su identidad.

Para completar esa frágil felicidad, para hacerla un poco más llevadera, solo hace falta algo muy sencillo: escucharlos. Escuchar sin prisas, sin corregir, sin romper la burbuja en la que sobreviven. Dejarles contar su historia, aunque ya la sepamos, contada decenas de veces. Porque, a veces, la mejor forma de combatir la soledad no es con grandes gestos, sino con una presencia sincera y un oído atento.

Dic
17th

El «no» y su generación

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Era previsible, se veía venir desde hace años. El relevo generacional, como ley natural del tiempo, es inevitable y en cierto modo necesario para la continuidad de cualquier sociedad. Sin embargo, otra cuestión muy distinta es si dicho relevo resulta suficiente —o siquiera adecuado— para garantizar un funcionamiento político y social equilibrado, responsable y orientado al bien común. El simple cambio de caras o edades no implica, por sí mismo, una mejora estructural ni una evolución real en los valores que sostienen el ejercicio del poder.

Hoy asistimos al pleno ejercicio de una generación que creció sin conocer la palabra “no”, educada en la satisfacción inmediata, en la ausencia de límites claros y en la confusión entre derechos y deseos. Esta generación ocupa ya todos los espacios de poder: gobierna, legisla, dirige instituciones y marca el rumbo cultural y social. Y ese hecho no pasa desapercibido. Se percibe en el estilo de liderazgo, en la fragilidad ante la crítica, en la incapacidad para asumir responsabilidades y en la tendencia a convertir el interés personal o ideológico en principio absoluto.

Las consecuencias de una educación sostenida en la debilidad, la sobreprotección y el capricho han dado lugar a caracteres marcados por un individualismo exacerbado, con connotaciones egoístas que, en muchos casos, rozan el delirio. Se trata de personalidades poco habituadas al esfuerzo, adversas a la frustración y proclives a victimizarse ante cualquier contrariedad, pero firmes y autoritarias cuando se trata de imponer su visión. El resultado es una paradoja peligrosa: líderes emocionalmente frágiles, pero políticamente inflexibles; moralmente indulgentes consigo mismos, pero severos con quienes disienten.

Así, el relevo generacional, lejos de ser una garantía de progreso, se convierte en un espejo que refleja las carencias de un modelo educativo y cultural que ha confundido empatía con permisividad y libertad con ausencia de límites. Y mientras no se corrijan esas bases, el problema no será quién ostenta el poder, sino cómo y desde qué valores se ejerce.

Dic
17th

Lentitud y memoria

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Al sobrepasar una nueva y quizá penúltima frontera de la vida, todo parece adquirir un ritmo distinto, más pausado, casi mágico. El tiempo acumulado deja de pesar como una carga y se transforma en un territorio fértil donde las imágenes de lo vivido se superponen obstinadas reclamando un nuevo protagonismo. No buscan repetirse, sino ser revividas de otra manera, con una mirada nueva, más indulgente, en otro espacio también nuevo e íntimo de la memoria. Allí aparecen con todos los matices que anteriormente las prisas, la urgencia o quizás la prudencia de aquel momento nos obligó a ignorar o a sacrificar. Volver a esos instantes no es un ejercicio de nostalgia huera, sino un acto de comprensión profunda: entender que el día no termina cuando cae la noche y que la vida no se agota por haber sido intensamente vivida.  Nos queda el pensamiento y la memoria.

Nada acaba del todo realmente. Al contrario, en la lentitud todo se engrandece. Surgen paisajes nuevos, desconocidos hasta entonces, no porque no existieran, sino porque no supimos apreciarlos. Afloran sensaciones que permanecieron ocultas, reprimidas o incluso censuradas por algún tipo de miedo, por pudor o por simple falta de tiempo. Emergen también palabras que nunca fueron pronunciadas y que ahora, al fin, encuentran su lugar, completando conversaciones que en su momento fueron triviales, torpes o inconclusas, pero que hoy revelan un significado inesperado y distinto.

Las amistades, por su parte, reaparecen como libros colocados en una estantería,  con la falsa seguridad de quien cree haberlos leído del todo. Libros casi olvidados que ahora despiertan el deseo de ser releídos, de ser abiertos otra vez para descubrir en ellos pasajes nuevos o significados diferentes. A veces, esa posibilidad ya no existe: el libro no está ahí, en su lugar de la librería, donde lo dejamos, y su ausencia pesa tanto como su recuerdo. Sin lugar a dudas, nuestra memoria y nuestra capacidad sensorial para rescatar fragmentos de vida que no supimos vivir plenamente —quizá por exceso de vida, por rebosamiento de experiencias, en ese preciso momento— nos convierten en seres profundamente singulares. Gracias a esa facultad somos capaces de reconstruir, de reinventar y de crear mundos más amplios, más justos y más luminosos. Mundos que quizás solo florezcan en nuestros sueños o en nuestra imaginación, pero, aun así, nos sostienen, nos ayudan y nos permiten seguir avanzando con una vida nueva.