
Durante mucho tiempo, la palabra progre evocaba una actitud rebelde, inconformista y crítica con el sistema. Ser progresista era sinónimo de cuestionar el poder, de poner en duda las estructuras establecidas, de defender causas libertarias, feministas, internacionalistas y, en definitiva, de situarse en la periferia del orden dominante. Era una identidad que se construía en la oposición y que se alimentaba de la voluntad de transformar la realidad desde fuera de las instituciones, desde fuera del poder.
Pero hoy, ese significado ha cambiado de forma sustancial. En buena parte del panorama político actual, el progresismo ya no ocupa el lugar del desafío, sino el del poder. Las ideas que antes se presentaban como alternativas han sido asumidas por los gobiernos, por los aparatos administrativos y por buena parte de las élites culturales. El progresismo, en este nuevo escenario, ya no se vive como un grito de protesta, sino como un discurso institucionalizado, respaldado por leyes, presupuestos y estructuras de gestión.
Este desplazamiento tiene consecuencias profundas en la forma en que nos posicionamos políticamente. De pronto, lo que antes era contracultural se convierte en ortodoxia; y quien se atreve a cuestionar esa ortodoxia es etiquetado de inmediato como “facha”, aunque sus planteamientos no coincidan con la derecha clásica. La crítica al progresismo oficial se convierte así en una especie de herejía ideológica que debe ser desactivada mediante el insulto y el etiquetaje intencionadamente descalificador.
La perversión del lenguaje político juega aquí un papel decisivo. Las etiquetas ya no sirven para describir posiciones, sino para deslegitimar al adversario. “Progre” ha pasado de ser un símbolo de insurgencia y transgresión a serlo de institucionalidad. Y “facha” se usa a menudo como cajón de sastre para todo aquel que no confiesa fidelidad al relato dominante, aunque defienda ideas heterodoxas, más democráticas o simplemente pida una revisión crítica del rumbo político.
Quizá el verdadero problema es que la política se ha convertido en una batalla de relatos identitarios donde lo importante ya no es el contenido de las ideas, sino la tribu a la que aparentemente se representa. Y cuando eso ocurre, el debate público se empobrece, se vuelve predecible y se encierra en un bucle de consignas, acaba siendo una discusión corrosiva.
Conviene entonces preguntarse si no ha llegado el momento de abandonar etiquetas que ya no significan lo que un día significaron. Porque, en un escenario donde las ideologías parecen haberse dado la vuelta, lo verdaderamente relevante es recuperar la reflexión, la crítica y la capacidad de señalar al poder, sea del color que sea, sin miedo a ser despachado con un adjetivo que pretende cerrar el debate antes de que empiece. El cuento de que “viene el lobo” está cerrando el debate y calando en una sociedad infantilizada y anestesiada.
Tal vez ser progresista hoy debiera ser no seguir al progresismo institucional, sino precisamente cuestionarlo, como antaño se cuestionaba a cualquier forma de poder. Y quizá la verdadera transgresión vuelva a estar, como siempre, en pensar por cuenta propia.
¿Qué difícil?