Siempre me ha gustado escribir, pero lamentablemente para escribir hay que ser paciente y picar mucha piedra; sentarse ante un papel en blanco, mirarlo y dejar que te atrape, que te absorba y te aleje por largos momentos de la realidad liberando tu imaginación y tu memoria, esa es la dificultad de escribir, al menos una de ellas, yo no tengo el habito de la paciencia en la escritura, hasta este momento las carreras han sido cortas, ahora mi intención es correr una maratón.
Mi vida y mi profesión se han canalizado por otros derroteros, que no considero menos validos ni menos creativos, todas las vidas y todos los oficios, se pueden considerar válidas y válidos, si el que las vive las disfruta con humor con instinto de superación y entrega.
Ninguna cualidad está por encima de la otra, son todas igualmente importantes.
Por tanto en ese sentido el deseo de escribir como parte principal se ha quedado en los pequeños recodos del camino por cuestiones de entrega, como tantas otras cosas.
Por eso no acabo de entender como hay gente que hace tantas cosas a la vez, para mi resulta imposible, si lo que hago lo quiero hacer bien y buscar la excelencia no me queda tiempo para mucho más, excepto mi refugio personal, ese siempre me ha acompañado, y una caja enorme de nevera, totalmente vacía donde me escondo y me paralizo en la más absoluta contemplación.
Eso siempre ha sido así, mi refugio ha sido y es la música, podría haber sido el amor, pero el amor es inestable y caprichoso y a veces necesita libertad y desligarse. Además el amor supone un esfuerzo y dedicación, al ser algo vivo.
La música es fiel y siempre esta cuando la necesitas para escucharte y hablarte, es un compañero fiel y no te pide nada y llega a descubrir lo más profundo de uno, te ayuda y te descubre partes de ti necesarias para luchar y sobrevivir en esta sociedad cada vez más egocéntrica y egoísta, y sobre todo inculta, en el más amplio sentido de la palabra.
El siglo pasado teníamos analfabetos cultos, ahora nos sobrepasan los ilustres ignorantes.
Escribir una maratón no significa llenar páginas, sino sostener el pulso. Es permanecer cuando la emoción inicial se apaga, cuando las palabras ya no brotan con la facilidad del primer impulso y todo se vuelve lento, pesado, casi árido. Es en ese punto donde muchos abandonan; donde yo, tantas veces, he dejado caer la pluma con la excusa de que el silencio también es creación.
Pero el silencio no siempre es creación. A veces sólo es silencio.
Y ese silencio prolongado se convierte en miedo: miedo a no tener nada que decir, miedo a repetirme, miedo a descubrir que en realidad no sé escribir, sino apenas empezar.
Aun así, vuelvo.
Vuelvo porque algo en mí se resiste a rendirse, una voz interior, terca, me dice que la escritura no es una meta sino un modo de andar. Que escribir no es correr hacia ningún sitio, sino avanzar palabra a palabra.
Y entonces, poco a poco, el papel se convierte en amigo. En un territorio que puedo recorrer sin miedo, donde cada frase es una huella, una gota de sudor, una prueba de que sigo vivo y que algo dentro de mí necesita ver la luz.
Quizás de eso se trate escribir: de seguir corriendo aun cuando nadie aplaude en la meta.
De aceptar que el cansancio también forma parte del camino.
De entender que, al final, la única victoria posible es no detenerse.
A veces me pregunto por qué escribo.
No hay una respuesta clara, sólo impulsos que me llevan de regreso al papel, como si en cada intento buscara una parte de mí que olvidé el día anterior. Escribir es mi manera de detener el tiempo, de volver a mirar lo que ya pasó, de entender algún absurdo. Una forma de recuperar lo que ya no está.
Cada palabra que cae sobre la página tiene algo de confesión, algo de derrota y algo de futuro. Porque escribir no siempre libera; a veces duele, y mucho. Duele cuando descubres que lo que sale de ti no es lo que imaginabas, que tus pensamientos se oxidan al volverse lenguaje, que el corazón y la tinta no siempre se entienden. Pero también, en medio de esa confusión, hay algo profundamente humano: la certeza de que intentarlo ya es una forma de belleza.
He aprendido que escribir no es llenar vacíos, sino reconocerlos y hacerlos amigables. Las palabras no tapan las fisuras, las desdibuja. Y al hacerlo, uno también se desdibuja un poco.
Quizás la escritura sea eso: un esfuerzo constante con lo posible. Con lo que intento decir. Con el silencio que me grita, y el pensamiento que huye.
Escribo para entenderme. Agradezco si alguien me lee.
Y en ese entenderme, encuentro una forma de estar en paz, aunque sea por un momento breve, fugaz, como la respiración que logra hacerse palabra antes de convertirse en aire.
Con el tiempo he comprendido que no hay escritura sin pérdida.
Cada palabra que elijo deja otras en el camino, y cada frase que construyo es también una renuncia. Pero quizás ahí esté la magia: en aceptar que no se puede decir todo, que siempre quedará algo fuera del papel, latiendo en silencio, esperando su turno. Así también es la vida, renuncia tras renuncia.
Escribir me ha enseñado a mirar distinto.
A reconocer en los días más simples una pequeña grieta de belleza: el olor del café, la sombra que se estira por la tarde, una frase que se me escapa y vuelve más tarde arrepentida.
Porque escribir, al final, no es una meta. Es un regreso. Un volver una y otra vez a ese lugar interior donde todo comienza, donde la memoria se mezcla con el deseo y la vida se vuelve, por un instante, completamente habitable.
