Ene
18th

Idiocia política

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Los poderes políticos, incluso en “democracia”, solo persiguen sus propios fines e intereses, para ello distorsionan la realidad y erosionan el ánimo de los pueblos. No lo hacen sólo con palabras: emplean medios de comunicación, instituciones y políticas para imponer narrativas que benefician a unos pocos. Seleccionan hechos, ocultan testimonios y reinterpretan la historia para legitimar decisiones que de otro modo serian totalmente ilegitimas. Como consecuencia, la sociedad civil ve como se erosiona su tradición, su participación política y su capacidad de imaginar alternativas; la diversidad cultural y política se empobrece y el enfrentamiento entre las personas aumenta, dejando a los pueblos más vulnerables y maleables frente a la manipulación y la indiferencia. Pero siempre hay una gota que colma el vaso y termina con la idiocia política.

Ene
18th

Agotamiento político

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Me agota profundamente observar, día tras día, cómo las luchas contra los abusos de poder, por la defensa de nuestros derechos más básicos y, sobre todo, por la preservación de nuestra libertad, se convierten en un esfuerzo constante y casi heroico frente a unas administraciones que, paradójicamente, nosotros mismos elegimos y financiamos. Instituciones que deberían existir para servir al ciudadano terminan actuando en sentido contrario: generándonos obstáculos innecesarios, multiplicando la burocracia hasta lo absurdo, vaciando nuestros bolsillos a través de impuestos mal gestionados y tomando decisiones que perjudican directamente a quienes sostienen el sistema con su trabajo y sus votos.

Estas son, tristemente, las políticas y los políticos de nuestro tiempo. Y la pregunta es inevitable: ¿Cómo entender algo así? La respuesta parece sencilla y, a la vez, desesperante: no se entiende. Vivimos en un mundo al revés, donde lo lógico se vuelve excepcional y lo absurdo se normaliza. Es la tontería institucionalizada, la estupidez convertida en discurso, y el discurso materializado en figuras políticas que encarnan una contradicción grotesca: vagos e inútiles revestidos de títulos, ilustradísimos ignorantes que hablan mucho y entienden poco, expertos en retórica pero incompetentes en gestión.

Lo más desconcertante es observar cómo organizaciones, asociaciones y colectivos ciudadanos terminan luchando contra sus propios gestores, como si fuera natural combatir a quienes supuestamente deberían representarnos. Cuando en realidad la solución debería ser mucho más simple: prescindir de ellos y elegir a otros. Cambiar el tipo de contrato simbólico que firmamos cada cuatro años con nuestro voto. Porque eso es exactamente lo que es: un contrato de confianza que debería incluir una cláusula básica e inviolable: no gobernar en contra de los intereses de quienes te han elegido.

Entonces surge otra pregunta aún más incómoda: ¿Qué clase de entendederas hay que tener para no comprender algo tan elemental? ¿Cómo se puede fallar de manera tan sistemática en lo esencial? Y, peor aún, ¿por qué ese empeño constante en tratarnos como imbéciles para justificar sus errores? Ese esfuerzo deliberado por rebajar el nivel del debate público, por manipular el lenguaje, por distorsionar la realidad hasta adaptarla a su incompetencia. Como si la única forma de sostener su relato fuera empujarnos a su mismo terreno: el de la confusión, la mediocridad y el desprecio por la inteligencia colectiva.

Ene
16th

La libertad no es un juego

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Las libertades, y la Libertad en mayúsculas, deberían estar protegidas de manera firme e inequívoca por mandato constitucional. Deberían quedar blindadas frente a vaivenes políticos, intereses coyunturales o mayorías circunstanciales, de modo que no pudiera legislarse sobre ellas a la ligera desde el Parlamento, y mucho menos sin un consenso amplio, sólido y verdaderamente representativo de la voluntad popular. La libertad no puede convertirse en moneda de cambio ni en instrumento de confrontación partidista y tampoco en lo que es ahora: jarrillo de mano para políticos gandules y aburridos.

Nadie debería cuestionar, restringir o limitar las libertades individuales y colectivas sin una causa grave, excepcional y plenamente justificada, sometida además a controles rigurosos y extemporales. Cualquier recorte de libertad debería ser siempre el último recurso, no la primera respuesta. Sin embargo, en la práctica actual, parece que muchos actores políticos juegan con prohibiciones, restricciones y limitaciones como si fueran herramientas ordinarias de gobierno, normalizando lo que debería ser súper extraordinario.

Este albedrío en el uso del poder para imponer límites a la libertad debe terminar. La arbitrariedad caprichosa y el uso como un juguete erosionan la confianza de los ciudadanos en las instituciones y debilita los pilares mismos del Estado de derecho. En una democracia auténtica, la libertad no es un concepto accesorio ni un derecho que cualquier institución puede recortar: es un valor fundamental, el núcleo que da sentido al sistema democrático y la razón última de su existencia. Sin libertad real y garantizada, la democracia se vacía de contenido y se convierte en una mera apariencia formal. En eso estamos, la palabra democracia es solo una etiqueta.

Ene
13th

La vivienda tiene solución

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La vivienda es, hoy por hoy, el principal problema estructural de España. Y no será porque nuestro país no arrastre dificultades gravísimas en múltiples ámbitos: precariedad laboral, envejecimiento demográfico, desigualdad social, deterioro de los servicios públicos o desafección política. Sin embargo, la vivienda se sitúa en el epicentro de todos ellos, porque actúa como base material imprescindible para la formación de hogares, el desarrollo vital de las personas y la emancipación de la juventud. Cuando una sociedad es incapaz de garantizar el acceso digno a la vivienda, está evidenciando un fracaso profundo de su modelo económico, político y moral. La vivienda se convierte así en la punta de lanza que revela una sociedad desequilibrada y fallida.

El problema de la vivienda no surge de manera espontánea ni accidental; comienza y se enquista por una grave confusión conceptual que atraviesa numerosos niveles políticos, institucionales y empresariales. Se legisla, se invierte y se especula sin haber definido previamente qué es la vivienda y cuál es su función social en una sociedad moderna. Sin una definición clara y compartida, cualquier intento de solución será parcial, ineficaz o directamente contraproducente.

Para empezar a vislumbrar una salida real al problema, es imprescindible definir con total precisión qué es la vivienda y qué papel debe desempeñar. La vivienda es, ante todo, un bien de uso esencial. Su función principal es garantizar un espacio seguro, estable y digno donde las personas puedan desarrollar su vida personal, familiar y social. En este sentido, la vivienda no puede equipararse a bienes de inversión clásicos como el oro o los diamantes, que carecen de valor de uso directo y cuya finalidad es exclusivamente la acumulación de capital. A diferencia de estos activos, la vivienda satisface una necesidad básica y no es un bien acumulable en términos sociales: nadie necesita más de una vivienda para formar un hogar.

Tampoco la vivienda es, ni debe ser, un instrumento de especulación financiera. Para eso existen la bolsa y los mercados secundarios de activos financieros, diseñados precisamente para asumir riesgos y generar beneficios a través de la inversión. Convertir la vivienda en un producto especulativo no solo distorsiona su función social, sino que expulsa a amplias capas de la población del acceso a un derecho básico.

En el contexto actual, marcado por la acumulación masiva de viviendas en manos de particulares con múltiples propiedades, grandes tenedores y fondos de inversión —muchos de ellos conocidos como fondos buitre—, es imprescindible entender que este tipo de inversión debería tener una rentabilidad limitada y de recuperación lenta. La seguridad inherente a la vivienda como activo y su carácter esencial obligan a asumir que no puede ofrecer beneficios rápidos ni desproporcionados. Pretender lo contrario es incompatible con una sociedad justa.

De esta definición se derivan consecuencias políticas y económicas claras:

Los alquileres deben tener un carácter social. En ningún caso deberían superar el 25 % del salario mínimo interprofesional, garantizando así que trabajar permita vivir con dignidad y no únicamente sobrevivir o mendigar.

La fiscalidad sobre la vivienda debe revisarse en profundidad. Los impuestos que afectan a un bien básico no pueden equipararse a los de bienes de lujo. Gravar de forma indiscriminada la vivienda castiga a quienes la necesitan para vivir y no a quienes la utilizan como herramienta de acumulación.

Los inversores que no acepten estas condiciones tienen alternativas claras en los mercados financieros. Nadie está obligado a invertir en vivienda; quien busque altas rentabilidades puede acudir a la bolsa y asumir los riesgos correspondientes.

La acumulación de viviendas debe penalizarse de manera contundente, especialmente cuando permanecen vacías. No puede resultar rentable retener viviendas sin uso mientras miles de personas carecen de un hogar. La especulación pasiva debe dejar de ser una opción atractiva.

En este marco, el Estado tiene una responsabilidad ineludible. Debe convertirse en el principal garante del derecho a la vivienda, gestionando el mayor parque público posible y regulando de forma estricta el mercado del alquiler. La vivienda no puede quedar exclusivamente en manos de la lógica del mercado, porque el mercado no garantiza derechos, solo beneficios.  Las leyes del mercado del s.XXI ya no son las mismas de la oferta y demanda o “la mano invisible” de Adam Smith.

Finalmente, una sociedad que se tome en serio el derecho a la vivienda debe actuar con firmeza frente a los abusos. Toda persona o entidad que engañe, trafique, extorsione o intente enriquecerse de forma desmedida a costa de una necesidad básica debe enfrentarse a sanciones severas. No se trata de demonizar la propiedad, sino de poner límites claros cuando el beneficio privado atenta contra el bienestar colectivo. Ha de primar lo segundo. Por tanto, garantizar el acceso a la vivienda no es una cuestión ideológica, sino una condición imprescindible para la cohesión social, la estabilidad económica y la dignidad humana. Sin vivienda, no hay futuro posible. Si la juventud no toma el relevo.  ¿Qué nos queda?

Dic
17th

Plan de pacificación

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Ayer, jueves 11 de diciembre, tuvo lugar una audiencia pública dedicada al nuevo plan de movilidad de Ripollet. Asistí con la intención de informarme, pero también con la sensación —cada vez más presente— de que atravesamos una época marcada por un lenguaje cuidadosamente edulcorado, repleto de eufemismos que evitan llamar a las cosas por su nombre. Es un modo de hablar que parece diseñado para no incomodar a nadie, para no herir sensibilidades cada vez más frágiles, esas que yo llamo, sin ánimo de ofender, voluntades de mantequilla.

Lo primero que me impactó fue la actitud generalizada de confrontación hacia el coche. Y lo digo desde la posición de alguien que no es precisamente defensor del uso urbano del vehículo: detesto conducir en ciudad, ese constante parar y arrancar que va contra la esencia misma del automóvil; además, evitar buscar aparcamiento es casi un principio vital para mí, así que lo utilizo muy poco. Aun así, me sorprendió la intensidad del discurso: parecía una guerra sin cuartel contra el coche, contra la movilidad y, en cierto modo, contra la propia dinámica de la vida diaria y de la actividad económica del municipio.

Se ha instalado la idea de que todo lo relacionado con el tráfico es una molestia: molesta que haya circulación diurna, molesta que alguien aparque frente a tu casa, molesta escuchar un motor pasar por tu calle. Todo irrita, todo contamina, todo perturba. Y me pregunto —con toda sinceridad— de dónde nace tanta irritación. Supongo que este nivel de sensibilidad lo manifiestan personas que pasan gran parte del día en sus hogares, porque si no, cuesta entender cómo puede afectarles tanto el movimiento normal de una ciudad.

Lo más llamativo, sin embargo, es la contradicción que se hace evidente cuando uno observa a parte del mismo colectivo que protesta con tanta vehemencia: muchos poseen vehículos de alta gama y gran cilindrada. Y no dudan en utilizarlos los fines de semana para desplazarse a otras localidades, donde —paradójicamente— contribuyen al tráfico, la contaminación y, en algunos casos, incluso al deterioro del entorno natural. No van andando, ni en bicicleta, ni en transporte público: van en sus potentes coches, esos mismos que en el discurso público parecen condenar.

Quizás no estaría de más un poco de coherencia entre lo que se proclama y lo que realmente se practica. Porque es difícil construir un modelo de movilidad equilibrado cuando el debate se sostiene más en consignas que en realidades, más en la apariencia de virtud que en la responsabilidad compartida.

A esa contradicción se suma otra cuestión que, sinceramente, roza lo absurdo: la tendencia creciente a rediseñar el mapa urbano como si el objetivo fuera complicar la vida cotidiana en lugar de facilitarla. Se plantean calles que literalmente “chocan” unas con otras, trazados que interrumpen las vías naturales de paso para evitar que los conductores crucen el pueblo, como si Ripollet fuera una fortaleza que hubiera que proteger del flujo normal de tránsito. Se crean giros imposibles, direcciones únicas que no llevan a ninguna parte y cambios de sentido que obligan a dar rodeos interminables. El resultado es que, para recorrer un trayecto que antes requería tres minutos, ahora hacen falta diez o quince. Y eso no es movilidad sostenible, es simplemente movilidad torpedeada.

La obsesión por dificultar el paso del coche ha llevado también a la proliferación de badenes desmesurados, a veces mal señalizados, que más que un calmado del tráfico parecen un castigo al vehículo. No se piensa demasiado en quienes trabajan sobre ruedas: ambulancias, bomberos, taxis, repartidores, servicios de asistencia… ¿De verdad alguien puede creer que ralentizar artificialmente el desplazamiento de una ambulancia es una medida responsable? ¿Que forzar al conductor a frenar y acelerar continuamente tiene algún beneficio real más allá de transmitir una sensación de control? Los badenes, en teoría diseñados para mejorar la seguridad, acaban entorpeciendo servicios esenciales y, paradójicamente, aumentando la contaminación con cada frenada innecesaria.

Y como colofón, ese entramado de calles recortadas, desvíos forzados, pasos cerrados y obstáculos artificiales convierte el pueblo en un auténtico laberinto. Un laberinto que confunde a quienes vienen de fuera y frustra a quienes vivimos aquí. La movilidad, que debería ser una herramienta para conectar, se transforma en un rompecabezas urbano en el que todo parece estar pensado para que uno desista, se dé la vuelta o acabe perdiendo la paciencia antes de llegar a su destino.

Lo más preocupante es que detrás de estas decisiones no parece haber una reflexión profunda sobre su impacto, sino un impulso ideológico poco matizado: “cuantas más trabas al coche, mejor”. Pero una movilidad bien planteada no consiste en castigar un modo de transporte para forzar el uso de otro; consiste en ofrecer alternativas reales, cómodas y eficientes. Bloquear, dividir y dificultar no es diseñar una ciudad sostenible: es diseñar una ciudad en guerra consigo misma.

En definitiva, una ciudad no debería construirse desde la imposición ni desde el gesto simbólico, sino desde el sentido común y la comprensión de cómo vive realmente su gente. La movilidad no es un capricho ni una ideología: es una necesidad humana básica que sostiene el funcionamiento de un pueblo, su economía y su convivencia. Cuando la planificación urbana se convierte en una carrera por ver quién limita más, quién complica más o quién erige más obstáculos, dejamos de hablar de progreso y empezamos a hablar de renuncias. Renunciamos a la eficiencia, renunciamos a la lógica y, sobre todo, renunciamos a la armonía entre las distintas formas de movernos.

Pretender que la solución consiste en poner muros invisibles, calles que chocan, badenes desproporcionados y laberintos artificiales es olvidar que una ciudad vive del flujo: de personas que entran, salen, trabajan, cuidan, atienden y se relacionan. Una ciudad no se defiende contra su propio tránsito, lo gestiona con inteligencia.

Quizá ha llegado el momento de exigir menos consignas y más reflexión; menos prohibición y más equilibrio. Movilidad sostenible no debería significar movilidad imposible. Y si de verdad queremos un Ripollet moderno, amable y funcional, debemos empezar por recordar una verdad sencilla: las ciudades que prosperan son aquellas que permiten que la vida circule, no las que la detienen.

Dic
17th

¿ A qué huele la soledad ?

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Numerosas situaciones de nuestra vida llevan asociado un olor preciso e imborrable. Fragancias que, sin previo aviso, nos devuelven a un instante concreto, a un rostro, a una emoción. El olfato es una puerta directa a la memoria. Pero la soledad… ¿a qué huele la soledad?

Supongo que no existe una respuesta única. El olor de la soledad debe de ser algo profundamente individual, ligado a la historia de cada cual. Y, sin embargo, hay aromas que parecen repetirse, que se graban con una insistencia casi cruel. Olores que, inevitablemente, me conducen a una de las soledades más brutales e incómodas que existen.

El olor a puré de patatas con verduras, a sopa de Avecren recalentada, a pasillos cerrados donde el tiempo se estanca. El olor leve, pero persistente a orines y a abandono, a cuerpos cansados que ya no responden como antes y a dignidades erosionadas por la rutina. Son olores que no se olvidan porque no solo se respiran: se sienten.

No hay soledad más devastadora que la de nuestros mayores recluidos en una residencia. Y no se trata de señalar culpables. No es una acusación, es una constatación. Es la propia vida la que, poco a poco, nos va relegando, nos va dejando a un lado como a objetos viejos, como trastos que ya no encaja en ningún sitio. La sociedad sigue avanzando, y ellos se quedan atrás, atrapados en una pausa pasajera.

A muchos solo les queda el refugio de la memoria. Regresar una y otra vez a sus mejores años, revivirlos con una nitidez sorprendente, como si aún fueran reales. En esos recuerdos vuelven a ser protagonistas, vuelven a importar, vuelven a existir con plenitud. Hablan de ello como quien se aferra a un salvavidas, porque en ese pasado aún conservan su identidad.

Para completar esa frágil felicidad, para hacerla un poco más llevadera, solo hace falta algo muy sencillo: escucharlos. Escuchar sin prisas, sin corregir, sin romper la burbuja en la que sobreviven. Dejarles contar su historia, aunque ya la sepamos, contada decenas de veces. Porque, a veces, la mejor forma de combatir la soledad no es con grandes gestos, sino con una presencia sincera y un oído atento.

Dic
17th

El «no» y su generación

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Era previsible, se veía venir desde hace años. El relevo generacional, como ley natural del tiempo, es inevitable y en cierto modo necesario para la continuidad de cualquier sociedad. Sin embargo, otra cuestión muy distinta es si dicho relevo resulta suficiente —o siquiera adecuado— para garantizar un funcionamiento político y social equilibrado, responsable y orientado al bien común. El simple cambio de caras o edades no implica, por sí mismo, una mejora estructural ni una evolución real en los valores que sostienen el ejercicio del poder.

Hoy asistimos al pleno ejercicio de una generación que creció sin conocer la palabra “no”, educada en la satisfacción inmediata, en la ausencia de límites claros y en la confusión entre derechos y deseos. Esta generación ocupa ya todos los espacios de poder: gobierna, legisla, dirige instituciones y marca el rumbo cultural y social. Y ese hecho no pasa desapercibido. Se percibe en el estilo de liderazgo, en la fragilidad ante la crítica, en la incapacidad para asumir responsabilidades y en la tendencia a convertir el interés personal o ideológico en principio absoluto.

Las consecuencias de una educación sostenida en la debilidad, la sobreprotección y el capricho han dado lugar a caracteres marcados por un individualismo exacerbado, con connotaciones egoístas que, en muchos casos, rozan el delirio. Se trata de personalidades poco habituadas al esfuerzo, adversas a la frustración y proclives a victimizarse ante cualquier contrariedad, pero firmes y autoritarias cuando se trata de imponer su visión. El resultado es una paradoja peligrosa: líderes emocionalmente frágiles, pero políticamente inflexibles; moralmente indulgentes consigo mismos, pero severos con quienes disienten.

Así, el relevo generacional, lejos de ser una garantía de progreso, se convierte en un espejo que refleja las carencias de un modelo educativo y cultural que ha confundido empatía con permisividad y libertad con ausencia de límites. Y mientras no se corrijan esas bases, el problema no será quién ostenta el poder, sino cómo y desde qué valores se ejerce.

Dic
17th

Lentitud y memoria

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Al sobrepasar una nueva y quizá penúltima frontera de la vida, todo parece adquirir un ritmo distinto, más pausado, casi mágico. El tiempo acumulado deja de pesar como una carga y se transforma en un territorio fértil donde las imágenes de lo vivido se superponen obstinadas reclamando un nuevo protagonismo. No buscan repetirse, sino ser revividas de otra manera, con una mirada nueva, más indulgente, en otro espacio también nuevo e íntimo de la memoria. Allí aparecen con todos los matices que anteriormente las prisas, la urgencia o quizás la prudencia de aquel momento nos obligó a ignorar o a sacrificar. Volver a esos instantes no es un ejercicio de nostalgia huera, sino un acto de comprensión profunda: entender que el día no termina cuando cae la noche y que la vida no se agota por haber sido intensamente vivida.  Nos queda el pensamiento y la memoria.

Nada acaba del todo realmente. Al contrario, en la lentitud todo se engrandece. Surgen paisajes nuevos, desconocidos hasta entonces, no porque no existieran, sino porque no supimos apreciarlos. Afloran sensaciones que permanecieron ocultas, reprimidas o incluso censuradas por algún tipo de miedo, por pudor o por simple falta de tiempo. Emergen también palabras que nunca fueron pronunciadas y que ahora, al fin, encuentran su lugar, completando conversaciones que en su momento fueron triviales, torpes o inconclusas, pero que hoy revelan un significado inesperado y distinto.

Las amistades, por su parte, reaparecen como libros colocados en una estantería,  con la falsa seguridad de quien cree haberlos leído del todo. Libros casi olvidados que ahora despiertan el deseo de ser releídos, de ser abiertos otra vez para descubrir en ellos pasajes nuevos o significados diferentes. A veces, esa posibilidad ya no existe: el libro no está ahí, en su lugar de la librería, donde lo dejamos, y su ausencia pesa tanto como su recuerdo. Sin lugar a dudas, nuestra memoria y nuestra capacidad sensorial para rescatar fragmentos de vida que no supimos vivir plenamente —quizá por exceso de vida, por rebosamiento de experiencias, en ese preciso momento— nos convierten en seres profundamente singulares. Gracias a esa facultad somos capaces de reconstruir, de reinventar y de crear mundos más amplios, más justos y más luminosos. Mundos que quizás solo florezcan en nuestros sueños o en nuestra imaginación, pero, aun así, nos sostienen, nos ayudan y nos permiten seguir avanzando con una vida nueva.

Nov
24th

Las migas

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Las migas son un canto ancestral al ingenio culinario popular, donde el pan dormido de días pasados renace al calor del fuego lento y el perfume del ajo dorado. En su danza con el agua y el aceite, cada miga se transforma en oro crujiente, abrazada por el alma ahumada del chorizo, el susurro dulce del pimiento, o la caricia inesperada de una uva fresca. Son memoria hecha alimento, un festín humilde que celebra la tierra, el tiempo y el arte de transformar lo sencillo en sublime.

Nov
24th

La muerte

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La muerte no llega de golpe. Se insinúa, se desliza entre los días, se esconde en los gestos más simples. La sentimos cuando alguien parte, cuando algo termina, cuando el silencio pesa más que las palabras. Pero fingimos no verla, porque verla sería aceptar que todo lo que amamos tiene un límite.

Ella no necesita mentiras, y sin embargo las inventa. Nos deja creer que todavía hay tiempo, que el mañana existe, que su sombra pasa de largo. Nos permite jugar con la ilusión de la permanencia, porque sabe que solo así nos atrevemos a vivir.

La muerte es astuta y paciente. Su engaño no nace del deseo de vencer, sino de la compasión. Nos protege del abismo de la conciencia total. Si se mostrara de frente, el miedo nos inmovilizaría, y la vida perdería su ritmo. Por eso se oculta en lo cotidiano, se disfraza de olvido, de costumbre, de esperanza.

Y mientras la ignoramos, creamos, amamos, soñamos. Ella espera, impasible, sabiendo que no hay prisa, porque todo camino conduce hacia su encuentro. Su victoria no está en arrebatarnos la vida, sino en acompañarnos sin que lo notemos.

Al final, cuando la reconocemos, no descubrimos algo nuevo, sino algo que siempre estuvo con nosotros. Comprendemos entonces que la muerte no llega; simplemente deja de ocultarse.